jueves, 21 de mayo de 2015

¡El que no esté colocado que se coloque!



La campaña electoral que estamos padeciendo, que a Dios gracias terminará hoy, me está resultando aburridísima. No he quiero entrar en detalle, ya que es imposible comprobar la veracidad de las propuestas de los candidatos y los chismes interesados sobre el contrincante. A los quince días de campaña le sobran catorce que podríamos dedicar a reflexionar de verdad. Los programas de los partidos no dan más de si. El ridículo de alguno de los candidatos, además, es que no tiene límites.

El mensaje de los grandes partidos se ha concentrado en apelar a los lazos de fidelidad más que en lanzar nuevas y espectaculares ofertas. Son quienes estos días prometen grandes dádivas con dinero público, asumiendo por tanto que no es de nadie y ocultando que caso de cumplir tendrían que saquearnos aún más vía impuestos. Son quienes hablan un día sí y otro también de democracia, la cual confunden con un democratismo de baratillo. Esos que rehuyen  cualquier debate serio acerca de la ausencia de libertad colectiva, esto es, de libertad política. Ya saben: división de poderes y representación. Todo lo demás es farfolla.

Los emergentes han hecho justo lo contrario ya que no estaban antes ahí o no lo estaban con la extensión actual. Pero también porque tienen la vista puesta en las generales. Así, han combinado un discurso de cambio del sistema con una serie de propuestas para el ámbito autonómico o municipal, que en algunos casos llegaron a los titulares como notas pintorescas: la idea de Colau de implantar un moneda local en Barcelona o la de C’s de controlar que no vivan más de dos personas por habitación en los pisos. Entre otras. En definitiva, frente a la concentración de los grandes y sus maquinarias engrasadas han dado una impresión dispersa y de falta de control, lógica en partidos por consolidar.

La subasta de baratijas en que las élites extractivas, las oligarquías, han convertido la campaña electoral de las elecciones administrativas que se celebrarán el próximo domingo me aburre soberanamente. Porque todos sabemos, desde que lo verbalizara ese gran caradura llamado Tierno Galván –"¡el que no esté colocado que se coloque!–, que los programas y promesas electorales están para ser incumplidos". Y a eso se han atenido todos, hasta el momento, y lo que te rondaré morena. 

1 comentario:

  1. Isabel Diez Burgos

    Estamos viviendo estas últimas horas de campaña electoral, en la que cada candidato, da a conocer su programa, y en muchos casos, se ha dado a conocer a si mismo, pues en casos como Podemos o Ciudadanos, al menos en mi CCAA, la única cara que vemos es la de su lider nacional. Es decir, desconocemos esos candidatos, su trayectoria, experiencia profesional, etc.
    También hemos visto a los partidos tradicionales, con sus candidatos, más conocidos. Al menos sabemos de qué pie cojean.

    Y es que la gestión de los recursos públicos, de forma adecuada, eficiente, y sobre todo, trasparente, debe ser la prioridad de cualquier candidato. No valen fórmulas mágicas, simplemente, no existen.

    Ni existen salvapatrias, ideólogos de movimientos de libro de teoría política, porque con el libro sobre la mesa, no es suficiente para gestionar o negociar un acuerdo.

    El definitiva, y como ya he dicho en ocasiones,los experimentos se hacen en casa y con gaseosa, pero nunca con los intereses de los ciudadanos.
    No creo que sea buena idea, tirar por la borda el esfuerzo realizado en los momentos más difíciles, en que se intentaba dar lo más posible con recursos muy escasos, y ahora, que parece que hay una luz al final del túnel, cambiar de sentido y volver a la oscuridad. No amigos, hay que terminar lo que se empezó, la recuperación económica, y por ende, la del empleo.

    Queda mucho por hacer, aún no hemos terminado. Y estoy convencida que estamos en el camino adecuado, en la senda de la recuperación, y en la curación de la fractura social a la que hemos asistido en los últimos años.

    El domingo iremos a votar. Con la cabeza, o con el bolsillo. Nunca con la amargura o con el resentimiento del llamado voto de castigo, que al final, sólo nos castigamos nosotros mismos.

    Piensen en esta reflexión y actúen en consecuencia.

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