Los socialistas navarros andan empeñados en quitar de en
medio a Yolanda Barcina. El invocado asunto de corrupción ha hecho aguas en una
comisión creada ad hoc para encontrarla, y si quieren seguir adelante con su
plan ahora no tienen más remedio que aliarse con Bildu, los de ETA, para una
moción de censura y para sumar los votos correspondientes.
Ahora los socialistas buscan desesperadamente que sea alguna
de las minúsculas formaciones del parlamento navarro Izquierda Unida, Aralar-Euskalherria,
Bildu o Nafarroa Bai, o quien sea quienes encabecen la moción de censura
que ellos no pueden a montarle a la Barcina salvo que definitivamente quieran
soltar amarras con Ferraz. El dirigente del PSN, Roberto Jiménez, está
repitiendo el efecto Puras paso a paso. Pero el problema, entonces y
ahora, son las alianzas non sanctas.
Barcina apura a tope la debilidad estratégica del PSN.
Sin embargo, su posición no es más fuerte a medio plazo, salvo un cambio del
mapa electoral navarro no esperable en las elecciones, cuando quiera que se
produzcan. Ella no ha podido mantener un acuerdo mínimo con los socialistas, y
muy probablemente, UPN seguirá necesitando el apoyo del PSN menguante para
poder gobernar frente a un Bildu creciente. Tal vez el desenlace de todo este
vodevil sea el cambio en la Presidencia.
Todo esto no le conviene a Rubalcaba ahora ocupado en una
campaña europea para colocar en Bruselas a Elena Valenciano. Rubalcaba
necesita autoridad si quiere seguir al frente del PSOE, con primarias o para
saltárselas. Se llegó a pensar que en Cataluña debería presentar candidatura
del PSOE frente al PSC, y ahora se abstiene de votar por la Constitución en el
Congreso. No ha llegado hasta aquí para que un tal Jiménez le haga perder sus
posibilidades en las europeas y en la secretaría general. Incluso por el
partido. Cualquier otra posibilidad es peor. Y él lo sabe.